Dentro de los
bosques nórdicos de la desesperación mental,
un pequeño lobo sigilosamente avanza por los arboles de deseos bajo la
noche estrellada del universo infinito. Cada paso es marcado por la melancolía y
la inseguridad de su futuro en un lugar que siente que no le pertenece. Por
entremedio de los arboles, en sus ramas de esperanza, aparece lujuriosamente la
luz blanca de la luna, que encandila los ojos del pequeño lobo, que deseoso de
ver lo que es, mira hacia el infinito pero sin ver lo que realmente ilumina su
camino. Entre la duda y el llanto de no poder saber que es esa cálida luz que
siente sobre su lomo, decide correr sin rumbo, solo alimentado por la desesperación
que significa sentir algo sin saber lo que es. Al salir corriendo del bosque, alterado
e iracundo por ver lo que hace que su camino más liviano, sube a lo más alto de
la colina para quedar estupefacto con la majestuosidad de aquel astro
celestial, con su corazón palpitando y sus pupilas dilatadas al ver tanta
belleza, le dedica desde lo mas recóndito de su alma, su aullido que es
escuchado por todo el bosque, que no es más que su lamente por no poder
alcanzarla. Esta no le responde, solo se mantiene imperante en el cielo
nocturno, el pequeño lobo se da cuenta de este silencio y entiende que nunca la
alcanzara, se echa en su propio regazo admirando como se iba a transcurrir las
horas de la noche hasta desaparecer al alba.
Triste y
estupefacto, ve como poco a poco se aleja de él… y sintiéndose más melancólico
que nunca, decide quedarse en ese lugar, con la esperanza que otro ocaso vendrá…
y con ello volver a ver la majestuosidad de la noche junto con su adorada…

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